Gaby Jiménez en Azcapotzalco: descanso de lujo, coordinadores foráneos y brigadistas explotados
Hay que llamar a las cosas por su nombre: la política de simulación tarde o temprano revienta desde adentro. En Azcapotzalco, el equipo territorial de Gabriela Jiménez está fracturado por una razón...
Hay que llamar a las cosas por su nombre: la política de simulación tarde o temprano revienta desde adentro. En Azcapotzalco, el equipo territorial de Gabriela Jiménez está fracturado por una razón muy simple: mientras la jefa se va de vacaciones y descansa a sus anchas, a los operadores que ponen el cuerpo en la calle los traen a marchas forzadas, incluso en días festivos y de asueto.
No se trata de grilla barata; es un reclamo legítimo que sale de las propias brigadas. Es el coraje de quienes recorren las colonias bajo el sol mientras ven cómo quien encabeza el proyecto se da vida de descanso y exige sacrificios que ella jamás estaría dispuesta a hacer. Esa no es la actitud de una líder política con vocación social; es la postura de una patrona déspota que ve a su estructura como peones de nómina a los que puede exprimir a capricho.
El agravio no termina ahí. Para colmo, quienes hoy coordinan el trabajo territorial ni siquiera son de Azcapotzalco. Pusieron a mandar a gente ajena a la demarcación, operadores importados que no conocen los barrios, no entienden las problemáticas vecinales y jamás han caminado las calles del Rosario, San Pedro Xalpa o Clavería. Llegaron con ínfulas de capataces a imponer órdenes sobre cuadros locales que sí tienen arraigo y trayectoria en la alcaldía.
La lógica es tan torpe como mezquina: poner a foráneos a controlar un territorio que desconocen y castigar a la base obligándola a trabajar cuando la ley y el sentido común marcan descanso. Como bien resume alguien desde las entrañas de su propio equipo: no hay un proyecto real, solo una visión gerencial donde la militancia se reduce a empleados desechables.
Gaby Jiménez parece olvidar una regla básica de la política en la Ciudad de México: el territorio no se compra con dinero ni se sostiene con amenazas de despido. Cuando maltratas a la tropa, le regateas el descanso y la pones bajo el mando de extraños, lo único que cosechas es resentimiento y simulación.
Podrán inflar cifras en reportes internos y posar sonrientes en fotos de redes sociales, pero la realidad en la calle es otra. Un proyecto que descansa en la explotación de su propia gente y en el desprecio por la identidad local está hueco por dentro, y la factura política en Azcapotzalco se la van a cobrar muy pronto.



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